El montañismo y la edad

Actualizado: jun 17



La longevidad en el deporte es algo que siempre me ha intrigado. Incluso cuando era más joven había algo en los atletas mayores que se seguían desempeñando al más alto nivel que me llamaba mucho la atención. 


Creo que es un tema fascinante que haya individuos que parecen haber encontrado una formula o un secreto que les permite no solo mantenerse físicamente en una condición óptima sino también motivados y con la energía para seguir enfrentando las exigencias mentales y emocionales del deporte de alto rendimiento. 


Hay un buen número de historias de montaña que me servirían para ilustrar este hecho pero creo que ninguna mejor que la de Rick Allen y Sandy Allan que en el 2013 recibieron el Piolet de Oro (máximo reconocimiento mundial otorgado cada año a la escalada más difícil) por su ascenso en la primavera del 2012 de la arista Mazeno del Nanga Parbat (8,100 metros) con 56 y 59 años respectivamente.  Lo que Allen y Allan consiguieron era considerado por muchos como el último “gran problema” por resolver en el alpinimso de altura. En una travesía épica de la llamada “montaña asesina” los dos escoceses recorrieron cerca de 13 kilómetros de una arista tipo filo de navaja llena de obstáculos y dificultades, pasaron más de 10 días por encima de 7,200 metros sin oxígeno y siendo totalmente autosuficientes. (Para tratar de dimensionar esto para los que no son expertos es como si una ciclista ganará el tour de France con 50 años.)


El logro en sí sería sorprendente lo hubiera hecho quien lo hubiera hecho, pero que fuera conseguido por dos veteranos cuyas edades sumadas superan los 115 años lo hace a mi parecer algo que trasciende lo meramente deportivo y merece un análisis más profundo. 


Hay varios factores que me gustaría sugerir que fueron los que permitieron a esta pareja conseguir esta hazaña y que en mi experiencia personal considero relevantes para todos nosotros que no solo queremos seguir siendo participantes en nuestro deporte sino hacerlo al mismo nivel y con la misma pasión que cuando éramos más jóvenes.  Como decía Charles Chaplin: “nadie quiere ser menos bueno de lo que ya fue”.

  1. No cabe duda que con la edad disminuyen nuestras capacidades fisiológicas: fuerza, agilidad, resistencia etc. pero ahora se sabe que disminuyen a un ritmo bastante más lento del que podríamos pensar. Estudios recientes revelan por ejemplo que un hombre de 60 años que se mantiene activo solo ha perdido el 20% de su máxima capacidad aeróbica. 

  2. Toda una vida practicando el alpinismo técnico, la escalada de dificultad y el montañismo de altura te convierte en un maestro de tu deporte en cuanto a técnica y eficiencia. Dominas perfectamente el repertorio gestual de que cada movimiento, cada paso, cada golpe de piolet.  Los has automatizado de tal manera que los realizas sin vacilar, de forma impecable, y con la fuerza absolutamente necesaria lo que te permite emplear la menor energía física y mental. 

  3. Te has enfrentado incontables veces y resuelto situaciones desconocidas, complicadas, imprevistas y riesgosas. Esto te da por un lado una capacidad analítica de las variables que tienes enfrente y un criterio de toma de decisiones que no es posible tener sin muchos años en el terreno. Tu cerebro ha desarrollado una sensibilidad especial que con solo una mirada te permite entender donde están las dificultades, cuales son los peligros a tener en cuenta, cual es la mejor ruta, como emplear el equipo del que dispones de forma eficaz, cuanto tiempo te tomará realizar el ascenso, y lo más importante cuando lo mejor será darte la vuelta para intentarlo otro día. Asimismo, te da una eficiencia emocional y mental que ahorra mucha energía. Te vuelves menos impulsivo e impaciente. Aprendes a  preocuparte por lo que te tienes que preocupar, ya no quemas la pólvora en infiernitos como dice mi padre. No te la pasas haciendo lo que llaman en inglés el “second guessing” (cuestionando en tu cabeza la decisión tomada) que no solo es un gran distractor sino también muy desgastante.

  4. También está ese aspecto de haberse curtido en el hambre, el frío, la fatiga,  el miedo. Está claro que soportas más de todo lo anterior conforme acumulas kilómetros en las montañas. (Aunque hay quien también dice que lo que pasa es que los “indicadores” se descomponen y por eso los viejos ya no registramos el disconfort. Que ya no caes en el pánico y le desesperación tan fácil pero además la autoconfianza que vas creando en cuanto a tu resistencia es fundamental para salir airoso en las grandes escaladas. Ya tienes muy claro que te puede matar y que no, las reservas que tienes y si serán suficientes, como ahorrar calorías y mantenerte caliente. 

  5. Por último está el mantenerse con ganas, ambición y hambre aún después de muchos logros y muchos fracasos, muchas alegrías y decepciones, muchas penurias, muchos amigos perdidos en la montaña…..   Yo pienso que tiene que ver con la razón primera por la que decidimos hacer montaña o escalada. Sin ánimo de desvalorizar ninguna, si he visto que motivaciones como el reconocimiento, la colección (dar palomita a ciertas cumbres), o la foto en redes sociales no son muy poderosas y con los años aburren.


La mía, lo reconozco, es muy simple y sencilla pero sigue tan vigente hoy para mí como cuando tenía 15 años. Lo que me mueve  a realizar una determinada escalada o un desafío deportivo es la curiosidad. La curiosidad de saber si yo, con todas mis capacidades, mis talentos y limitaciones seré capaz de convertirme con preparación, empeño y disciplina en el atleta, alpinista, compañero y ser humano que cierto objetivo requiere. De hecho, hoy, a mi edad, va en aumento; ¿seré capaz de hacer tal o cual cosa con capacidades físicas disminuidas por la edad? ¿Con un tobillo artrosado? Etc.


Para cerrar, usaré lo que ya es un cliché pero sigue teniendo mucho de verdad. La edad es algo que está en la mente. 


Héctor Ponce de León


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