El talento viene de muchas formas

Actualizado: jun 17



Uno de los temas que durante años más polémica suscitaron entre médicos, entrenadores y deportistas era el de cuanto peso tenía el factor hereditario en el desempeño deportivo.  Un campeón ¿nace o se hace? era la pregunta que resumía la controversia. ¿Cuánto de lo que uno podía conseguir en resultados como atleta, sobretodo al nivel más alto, era producto de lo que heredábamos de nuestros progenitores, de talento innato? y ¿cuánto era gracias al empeño, la disciplina, las horas de entrenamiento, nuestra educación, nuestra actitud?


Hoy en día ha quedado establecido sin lugar a dudas que para llegar a destacar en casi cualquier deporte (habrá algunas excepciones), pero sobretodo, en los tradicionales (natación, atletismo, ciclismo, futbol, basketball, beisbol, etc.), tenemos que poseer cualidades físicas innatas, es decir, debemos poseer unos ciertos genes que si conseguimos activarlos a través de entrenamiento específico y alimentación adecuada, nos darán una ventaja (mayor porcentaje de ciertas fibras musculares, elevado consumo de oxígeno, ciertas características anatómicas, etc)  sobre las demás personas. 


Pero si este hecho no nos hace mucha gracia en un mundo que nos envía constantemente el mensaje de que todo es posible, que podemos llegar hasta donde queramos, que todo es cuestión de determinación, esfuerzo y actitud correcta ahora estudios médicos recientes en ratones, y algunos experimentos espontáneos con perros de competencias de trineo parecen indicar que incluso lo que llamamos motivación o voluntad puede tener un fuerte componente genético.


Los ratones corredores.

Empezaré por hablar de una investigación que me pareció increíble sobre ratones corredores. Un fisiólogo de la Universidad de Riverside UC ponía ratones a correr a voluntad, es decir tenían una rueda donde se podían subir y correr si lo deseaban. No había premio ni castigo. Después de algún tiempo, empezó a ver que había ratones que corrían más que el promedio que era de 5-6 kilómetros diarios y ratones que corrían bastante menos. Separo a los ratones en dos grupos (corredores y no corredores) y los cruzó solo entre los miembros del grupo al que pertenecía. La primera generación de ratones descendientes de los que corrían más ya superaban voluntariamente la distancia que corrían sus padres por un margen notable. Para la dieciseisava generación los descendientes de este subgrupo ya estaban doblando la distancia de sus ancestros corriendo hasta 11 kilómetros diarios. Los descendientes de los ratones a los que no les apetecía mucho correr por el contrario apenas se subían a la rueda a correr por unos minutos. Literalmente estaban evolucionando en “Couch Potatoes”.


Cuando se estudiaron los cerebros de los ratones aficionados a correr se encontró que eran más grandes que los de los no corredores en cada generación sucesiva, sobretodo en las regiones del cerebro que están asociadas con recompensa y placer obtenidas por ciertas conductas. Al parecer, esas áreas eran también más sensibles a ciertas hormonas que se secretan cuando hacemos ejercicio, es decir, que la gratificación bioquímica que obtenían los ratones del subgrupo de los corredores al correr, era mucho mayor. Esto los convertía en “junkies” del ejercicio. La conclusión del estudio era básicamente que al menos en los ratones, el deseo espontáneo de correr estaba genéticamente codificado.


La historia de Lance Mackey

La segunda historia que comparto aquí es más empírica y en lo personal a mi me encanta. Tiene que ver con un competidor en carreras de trineos jalados por perros que se llevan a cabo en Alaska y Canada en el invierno. Lance Mackey es su nombre y sus logros lo han convertido en un ícono en el mundo de los Mushers que es como se les conoce a estos equipos de perros y hombre. Entre los récords que posee sobresale el de ser el único en la historia que ha ganado en el mismo año las dos carreras de 1000 millas  (1,600 km.) de más renombre, el Iditaroad y el Yukon Quest. 


Cuando Mackey decidió empezar a armar su equipo de perros para poder participar algún día en el Iditarod (llamada la última gran carrera del mundo) que era su gran ilusión, no tenía dinero prácticamente y no podía permitirse uno de los Huskies pura sangre que son el estándar. Formó entonces una banda variopinta que incluía perros desechados por otros Mushers e incluso perros callejeros que adoptaba. Sabía que sus perros no serían los relámpagos del circuito así que empezó a buscar entre ellos otras cualidades. Fue entonces que adquirió a Rosie, una perra que había pertenecido a otro competidor que decidió deshacerse de ella porque era muy lenta. Y efectivamente lo era, de hecho apenas trotaba. Pero Mackey inmediatamente notó en Rosie algo que le llamó la atención, y era el echo de que aunque lenta, parecía “querer” estar trotando y tirando del trineo indefinidamente, nunca paraba. Mackey cruzó a Rosie con un Huskie que también era muy lento pero que al igual que ella parecía que lo único que anhelaba todo el tiempo era correr, comer y correr más. De la cruza de estos dos nació Zorro, el perro que junto con sus descendientes de alguna manera revolucionó el mundo de las carreras de trineos tirados por perros.

Hasta que apareció Mackey con sus perros lentos pero constantes la forma como se corría, la estrategia,  era tratar de ir los más rápido posible entre los checkpoints y darles a los perros un buen descanso y comida para reponerse. Así día tras día (estas competencias pueden durar alrededor de 12 días, a temperaturas de hasta 40 bajo cero y con apenas dos horas de sol al día). Las velocidades para los mejores equipo eran entre 20 y 25 kilómetros por hora.  Mackey implementó lo que él llamó el estilo maratón. Sus perros apenas iban a 7 kilómetros por hora pero podían hacerlo por 19-20 horas seguidas (contra las 7-8 horas de correr de los equipos de perros rápidos).


Cuando Mackey cruzó en primer lugar la meta del Iditarod en 2007 con sus inusuales perros, 12 de los cuales eran descendientes de zorro, obligó a todos en el mundo de las carreras de trineos a reconsiderar que buscaban como característica más importante en un perro. Hasta ese momento lo que se buscaba eran cualidades fisiológicas generales como fuerza, resistencia, atleticidad y otras muy específicas como membrana entre los dedos para caminar mejor en la nieve.  Bajo esta primicia se criaba a los perros buscando reproducir y aumentar estas cualidades. A partir de Mackey y Zorro, los Mushers empezaron a darle prioridad en la crianza a lo que llaman “ética de trabajo”, el deseo, las ganas de un perro de estar corriendo y tirando del trineo.  Aunque parezca algo elusivo es evidente y verificable con los perros que tiran de trineos y los criadores demostraron que se puede a través de la cruza conseguir perros con el gen del amor, de la pasión por correr y tirar del trineo.

Dicho todo esto, ¿cuál es la conclusión a la que llego? Podría parecer que estoy proponiendo que nos resignemos a los genes que nos tocaron no solo en cuanto a lo meramente físico sino también en lo referente a cualidades del temperamento que asociamos con las ganas, el entusiasmo, el ímpetu. Démonos por vencido incluso antes de intentarlo pues es evidente que no tengo talento y aptitudes extraordinarias. 


Pero no. Lo primero y con lo que yo más me identifico, es que el talento viene en muchas formas. Nos hemos hecho a la idea de que el talento para los deportes solo se refiere a atributos físicos como velocidad, altura, fuerza, etc.. Pero ese es precisamente el mensaje positivo de los ratones corredores y de los perros lentos pero obstinados de Mackey,  hay otros atributos innatos referentes al temperamento que nos pueden permitir realizar hazañas físicas extraordinarias. 


Lo siguiente lo podría llamar una advertencia. Lleva muchos años y mucho esfuerzo descubrir y encontrar nuestros talentos (físicos y mentales). Algunos de los atletas más destacados (véase el caso de lo que algunos consideran el mejor mediofondista de la historia, Jym Ryun) durante los primeros años de sus carreras no parecía que fueran a realizar nada de consideración. Necesitaron años de trabajo y perseverancia para hacer que sus genes manifestaran sus características excepcionales. No nos precipitemos a sacar conclusiones pero también tengamos bien claro que nadie sabrá cuál es su verdadero potencial sentado en su casa viendo la televisión.  Solo desafiándonos constantemente descubriremos nuestros recursos naturales. 


Lo siguiente, y aquí lo digo en gran parte por experiencia propia, es que podemos llegar a destacar en algo que nos apasiona aún cuando no tengamos los dones físicos y/o temperamentales más sobresalientes. Podemos jugar la “baraja” que nos tocó con ingenio, creatividad, inteligencia y paciencia y no solo conseguir logros aparentemente inalcanzables sino también dejar una marca en nuestra actividad e inspirar a otros.

Por último, y esto es para mí es lo más significativo; podemos dejar de usar el resultado y el que tan alto podemos llegar  como criterio más importante para juzgarnos y para decidir hacer algo. Qué tanto coraje tuvimos al intentarlo, qué tipo de lucha dimos en la batalla, que aprendimos en el proceso, pueden ser consideraciones más importantes para valorar cada una de nuestros propósitos y aventuras.

Lance Mackey y sus perros

Héctor Ponce de León


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